La escena ya no es improvisada ni casual. Atrás quedaron aquellas reuniones en plazas o esquinas del centro tucumano donde algunos curiosos se animaban a medir fuerzas sobre una mesa improvisada. Hoy, la lucha de brazos en la provincia empieza a tomar forma de disciplina, con estructura, entrenamiento y objetivos concretos. Y en ese camino, un grupo de jóvenes se prepara para dar un paso clave: representar a Tucumán en el Sudamericano que se disputará en Buenos Aires del 26 al 28 de junio.
Detrás de esa ilusión está la Escuela Lucha de Brazos Garra Halcón, un espacio que nació casi desde la necesidad. “Veníamos de otro grupo que se disolvió. Entonces nos preguntamos por qué no empezar de cero. Así se armó todo de nuevo y hoy tenemos un gran equipo”, cuenta Alejandro Fernández, de apenas 17 años, pero con un recorrido que lo posiciona como una de las caras visibles del movimiento. No es casual: es campeón nacional en categoría Junior, subcampeón en profesional y además viene de consagrarse campeón panamericano en 2025.
El crecimiento del grupo es sostenido. “Somos 24 o 25 chicos en la escuela, y en Tucumán debe haber unos 100 o 110 practicando”, detalla Fernández. Ese número, que hace algunos años parecía impensado, marca una expansión silenciosa de un deporte que todavía busca consolidarse, pero que ya tiene una base firme.
El primer gran filtro fue el torneo Nacional, que se disputó en la provincia y funcionó como clasificatorio. “Los cuatro mejores de cada categoría clasificaban al Sudamericano. Fue un torneo muy lindo, pero también muy complicado”, recuerda Fernández. De allí salieron varios de los nombres que ahora se preparan para el desafío internacional.
Entre ellos está Nicolás Medina, de 19 años, que competirá en categoría juvenil. Su historia es la de muchos dentro de este circuito emergente. “Empecé cuando recién arrancaba el deporte en Tucumán. Lo encontré por Facebook y me sumé a unas juntadas en el centro. De eso ya pasaron casi cinco años”, cuenta. Aquellas primeras convocatorias, organizadas por redes sociales y grupos de WhatsApp, fueron el germen de lo que hoy se transformó en una estructura más organizada.
Santiago Heredia, de 16 años y también en categoría Junior, refuerza esa idea. “Antes eran encuentros en lugares céntricos, se sumaba el que quería. Después se empezaron a hacer más seguido, todos los fines de semana, y cada uno entrenaba para mejorar y competir”, explica. Hoy, ese entrenamiento ya no es improvisado: muchos, como él, tienen en sus casas kits específicos para trabajar la técnica.
Porque si hay algo que diferencia a la lucha de brazos deportiva de la clásica “pulseada” de bar es justamente eso: la técnica. “Hay muchas formas de trabajar para evitar lesiones. Nosotros tratamos de salir de lo callejero, de la ‘fuercita’, porque es muy lesivo”, aclara Heredia. Y no es un detalle menor.
Las lesiones más comunes, explican, suelen darse en el húmero, en los tendones o en el hombro. Por eso, el entrenamiento está enfocado en fortalecer zonas específicas. “Los tendones son lo que más manda. Trabajamos mucho la flexión de muñeca, la tracción dorsal y el uso del cuerpo para no comprometer la integridad física”, detallan. Incluso la posición en la mesa tiene su ciencia: el uso de las piernas y el apoyo sobre los largueros permiten generar mayor estabilidad y torque.
La rutina es exigente. Fernández lo describe con naturalidad: entrena en el gimnasio y también en un espacio armado en su casa, donde recibe a sus compañeros. “Entrenamos de lunes a jueves, descansamos el viernes y los sábados hacemos sparring”, cuenta. Esa constancia es la base de un crecimiento que no solo es deportivo, sino también colectivo.
Porque si algo destacan todos es el ambiente que se generó alrededor de la disciplina. “El círculo social es muy lindo, hay relaciones sanas”, coinciden. En un deporte que todavía no tiene la visibilidad de otros, ese sentido de pertenencia es clave para sostener el proceso.
La lucha de brazos, además, rompe con ciertos prejuicios. No es solo un deporte masculino. “Hay categorías femeninas divididas por peso”, remarcan, en una señal de apertura y crecimiento que acompaña la evolución global de la disciplina.
Pero más allá de la estructura, los títulos y la técnica, hay un motor más profundo: la identificación. “Probé muchos deportes y ninguno me terminaba de cerrar. Hasta que un día conocí esto y dije: ‘este es mi deporte’”, confiesa Fernández. Esa sensación, la de encontrar un lugar propio, se repite en varios testimonios.
Incluso en las derrotas aparece ese punto de quiebre. La competencia, en ese sentido, no es solo resultado: es aprendizaje, vínculo y construcción.
Ahora, el horizonte está puesto en Buenos Aires. El Sudamericano será una prueba exigente, con rivales de toda la región y un nivel que obligará a dar un salto más. Pero para este grupo, el desafío ya empezó hace tiempo, cuando decidieron reconstruir lo que parecía perdido y apostar por un proyecto propio.
Hoy, con una escuela consolidada, un calendario competitivo y una camada joven que empuja, la lucha de brazos tucumana empieza a hacerse un lugar. Y en cada agarre, en cada entrenamiento y en cada viaje, se juega algo más que una victoria: la posibilidad de que ese deporte que nació en una juntada improvisada termine de convertirse en una verdadera disciplina.